marzo 11, 2006




CINEMA, PERRA CODICIOSA


Abbas Kiarostami
Close-up


La nostalgia es un lactobacilo que sobrevive a duras penas. La melancolía, un óleo sobre tela que ilumina la ciudad propulsado por la bicicleta de un anciano. Eran relámpagos, no simple interferencia en la TV. La línea detonante de Close-up no vale la pena; el film, sí. Extraordinario en su simpleza, aún para los estándares de Abbas Kiarostami que ha volcado su poética hacia el agua. Aunque no seas capaz de creerlo, el trío de frailes sigue recorriendo el puente con la misma fe —para los frailes, al menos para estos tres, la fe es un combustible incorrupto— como hace años, buscando al niño. Lo dejaron de buscar las mujeres inconsolables cuando hallaron consuelo y los detectives que pagaba el mandamás apenas suspendido el pago. Tienen pistas mínimas: antes de desaparecer en la corriente el niño se embarró de betún, sabe montar a caballo y su debilidad son las cercanías del cielo salvaje, quiero decir las salvajadas del cielo cercano, en fin. El agua es tantas cosas.

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Atom Egoyan
Family viewing


Los hombres brillantes del Summer of Love en los 1960 conocían todo sobre el amor, según esto. Los radiantes de 1990, según Perry Farrel, lo empuñaron en cinco temblorosos dictámenes:
1. Nunca he sentido el amor.
2. No sé lo que es.
3. Sólo me entero del amor si alguien me quiere.
4. Quiero, si alguien me quiere.
5. Sé que alguien me quiere, pero no sé más.
Cargamento y molaza entre generaciones. Obtusos vs escalenos, ajúas vs cucurrucucús, unionistas vs confederados. En 1960 Winnie Pooh era apapachado por mujeres con el alma de oboe; en 1990, más madurito, se dejaba amamantar por Goebbels. Exactamente el mismo osito. Mierda, ¿y si hubiéramos visto Family viewing a sabiendas del batracio animado y no engañados por el márketing, enamorados, metidos en un búnker?

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Kinji Fukasaku
The Yakuza Papers - Battles Without Honor & Humanity


A bordo de un jeep, los Yakuza encapuchan al testigo. Lo llevan a identificar cadáveres. Movido por el tedio y de ninguna manera obligado, el testigo confiesa a los Yakuza de uniforme pistache lo que nadie sabía: que en su versión favorita de la Ultima Cena Judas se niega a comer y quiere hablar a los comensales de los besos de mamá en la cima del Sión, pero al no haber ánimos de escucharle y pese a tener de buenas al Maestro, chilla no sabemos qué cosas y se larga con ganas de partir la historia en dos. Los Yakuza respetan al testigo. Ellos, a lo suyo. Docilidad, figurismo, clavículas de acero. En lo más hondo de la noche llegan a la fosa común y apilan los cadáveres en una cuna de hormigón donde el testigo reconoce a todos... menos a Sergey. Como si el perfil latinoide, la boca achilindrada y el cráneo roto no fuera suficientes para decir "Caramba, es éste".

www homevision com/detail.cfm?productID=32100 com


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Comentarios a:
mr_phuy @ mail.com


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